O bien me ha sido reportado por un reducido grupo de amigos de confianza, o ha llegado a mi conocimiento a través de otras fuentes de índole culturalmente más masivas (y la fragilidad de mi memoria tiende crecientemente a desdibujar las fronteras entre ambas categorías) pero pareciera ser que un número no despreciable de hombres, disconformes con el apelativo anatómico genérico, ha bautizado su pene de manera personal y secreta.
Este hábito me ha parecido siempre innecesario. El sustantivo común de uso corriente – y en las ocasiones que ameritan su aparición, su tropa de sinónimos – satisface plenamente todo lo que exijo del lenguaje. Un nombre a fin de cuentas es un intento primitivo y casi siempre heredado por capturar alguna relación. ¿Y qué podría estar más plagado de clichés, de eternas repeticiones e inevitables semejanzas, de forzosa falta de originalidad que la relación de un hombre con su pene? Centímetros más, centímetros menos, al fin son siempre iguales y por más que Sade se haya esmerado en hacernos creer lo contario, sus posibilidades lógicas son finitas. En cambio, me ha parecido indispensable ponerle un nombre propio a Dios.
